Fantasmas de Arena

Anécdotas desenterradas

Ariel 1

Las posesiones tienen mala reputación.

Israel es un buen tipo, aunque algo inclinado al entusiasmo molesto que suele acompañar a los genios de pueblo chico. Es uno de esos a quienes es interesante poner atención pero debe tenerse cuidado de no darle demasiada importancia. Sus ideas suelen ser buenas en el papel, pero a la hora de la ejecución tiende a exagerar o, de plano, echarlo a perder.

Cuando nos contó sobre la posesión de la novia de un amigo suyo, pensamos que era una de esas anecdotas suyas a las que había que tratar con el escepticismo mas saludable.

Sin embargo, los detalles del incidente ameritan un poco de atención.

La pareja en cuestión tenía una historia entre romántica y oscura. Convivieron durante algunos años y, lo que empezó como una relación codependiente se transformó en un pequeño infierno. Aída, la mujer, era escritora, poeta, pero a lo largo de los años dejó de escribir y se dedicó a ser simplemente la novia de Samuel. Su depresión era evidente. Samuel se convirtió en un ser amargo y agresivo. Nunca es bueno ver como los conocidos y los amigos se hunden en tales vidas, pero así sucedió.

A Israel le tocó ver el final del idilio, y cuando lo cuenta se llena de horror. Por eso me llamó la atención. Ver su cara al contar la historia provoca lástima. Y curiosidad.

Israel andaba armando un proyecto de artes visuales en el que quería incluir poesía, video y audio; algo como lo que ha estado haciendo Mara. Hizo unas “audiciones” buscando a alguien específico; a una mujer en específico. La encontró con Samuel, quien al parecer le dijo que, si quería a alguien atormentado y necesitado, nadie mejor que su mujer, Aída.

Israel se presentó en casa de Aída, con Samuel, y quisieron grabar una sesión espontanea, pero lo que se encontraron fue devastador. Tanto, que no solo Israel está un poco perturbado por la experiencia, sino que Samuel está desaparecido.

Cuenta el pobre que cuando llegó al lugar se encontró con que Aída estaba inconciente y Samuel no sabía que había sucedido. Nos dijo que la mujer presentaba unos moretones y que sospechaba que Samuel la había golpeado, pero no dijo nada. Repentinamente Aída despertó pidiendo un vaso de agua y luego se comió una manzana que estaba guardada en una pecera, sobre una cama de piedras. Al preguntarle al respecto, Aída contestó que era un viejo tributo a un fantasma.

Había tensión en el ambiente, dijo, Samuel se veía algo desencajado, como si no comprendiera la actitud vivaz que tenía Aída al despertar. Para Israel la mujer no parecía ser la misma que Samuel había descrito como potencial chica gótica.

La explicación les explotó en la cara. Al pedirle que improvisara unos poemas como audición para el proyecto, Aída se desnuda en un claro acto de provocación hacia Samuel, se arroja sobre Israel y dice lo que voy a reproducir abajo, cortesía de Israel, quien me dijo que no tenía que devolverle el archivo si no lo deseaba.

Obviamente, no es posible reproducir el tempo y las inflecciones usadas por Aída en la grabación, pero creo que lo importante es el contenido, leanlo con atención.

Israel, para explicar un poco, cree firmemente que Aída está muerta, y que quien dijo lo siguiente, era otra persona. Si esto fuera verdad, las posesiones tienen muy mala reputación.

*

No he parado de correr porque el sabor es fuerte todavía. No siento que ha pasado el tiempo excepto porque el dolor en mi estomago es horrible, el hambre y el asco a la vez, y dios no abre la tierra para darme de beber ni provoca lluvias para lavarme. Una vez me di cuenta que estaba llorando y me lamí el rostro… Si la herida estuviera abierta todavía me bebería también la sangre…

Camino sin rumbo. Miro al cielo por accidente y veo el sol pero me tambaleo en la oscuridad… Miro hacia delante por inercia pero tengo ojos en la espalda… Los uso sin proponérmelo porque no tengo voluntad… Es el instinto… Soy un ave sin cabeza…

No siento la noche. No sé si he descansado. Quizá lo he hecho, pero… No lo recuerdo… El mundo se mueve bajo mis pies y… En un instante de lucidez me doy cuenta… que estoy arrastrándome de regreso al lugar del que debería estar huyendo… En vez de dar la vuelta me quedo quieta y espero a que la locura ceda… Por un momento me digo a mi misma que no será tan malo, que esta vez encontraré consuelo en lugar de violencia, que no tengo a donde ir y que ese es mi lugar… que ellos son mi familia. No sé si estoy llorando o riéndome a carcajadas pero aun si estuviera llorando no derramaría una sola lágrima. Abro la boca y algo sale de ella pero no sé que es.

Entonces él me encuentra. Me ha escuchado. Me levanta del suelo y me carga hacia la puerta, como una luna de miel de pesadilla. Y mientras mi boca sigue arrojando al aire aquello que le da la gana. Traspasamos el umbral y todos me dan la bienvenida. Aplausos, abrazos, besos… Amor.

Me dan de comer y como. Me dan de beber y bebo. Me lavan y lo acepto. Me visten con la ropa que les gusta y yo la modelo. Eso podría ser la única felicidad que habría de experimentar ya, y me dejo llevar… La primera noche me duermo pensando que hice lo correcto. Que no debí haber huido. Que ese es mi lugar… Que ellos son mi familia.

Es la mañana siguiente y la familia tiene una fiesta conmigo como platillo principal. Están despidiéndose de la única manera que consideran apropiada. No siento nada. Sé lo que habrá de suceder. Espero con la poca conciencia que me queda y mi cuerpo está en otro lugar, recibiendo caricias que nadie debería recibir. Espero. Quiero que termine. Mientras imagino todas esas pobres plegarias vagando de un lugar a otro, perdidas e inocentes, preguntando a la nada por el lugar al que deben ir. Se arrastran de vuelta a mi cabeza y me quedo con ellas, las conforto pues sé que ellas no tuvieron la culpa. Lo hago en silencio porque mi voz ha tomado vida propia y no sé lo que hace o lo que dice o lo que grita o lo que llora. Me transforman. Soy una roca de la cual buscan hacer una obra de arte. Pero del arte que ejercen no puedo decir nada. Nunca fue de mi agrado… Musa y lienzo al mismo tiempo, sin opción ni futuro… Formare parte de una galería enterrada donde nadie quiere poner los ojos. Todo esto lo sé porque lo he visto y es hasta ahora que lo acepto, ya no hay remedio, nadie va a rescatarme… solo lo tengo a él… no me habla, igual que antes…

Y trato de no sentir rabia porque no quiero que sea la rabia lo que me defina en el último momento… ¿pero como evitarlo? ¿Cómo recordar algo tan lejano como la bondad?

Entonces, después de la nada, la encontré a ella y le susurré mi nombre. Le susurré mi nombre a cada momento hasta que no pudo ignorarlo. Hicimos un trato. Ella sería mi memoria y yo sería su valor. Era un trato nacido de la necesidad, provocado por el hábito. La necesidad de un fantasma contra el hábito de una mujer desencantada. Lo primero fue un poema. Lo escribió poco después de sucedido el desencanto. Poco después que le había susurrado mi historia… Lo escribió porque también era su historia…

Circe

Los medios dicen que fue un ajuste entre narcos. Nada nuevo bajo el sol; siempre dicen que fue un ajuste entre narcos.

La verdad es, extrañamente, poética en lugar de perturbadora.
Por lo menos, yo creo que es la verdad. Muchas cosas apuntan a ello, por mas increíble que parezca.

La carta fue escrita por la esposa del finado en respuesta a una serie de rumores que flotaban respecto a las circunstancias del hallazgo y de la vida turbia que llevó en vida el que fuera, para su desgracia, su marido durante 28 años. La hija que tuvieron, hace varios años que había abandonado el hogar.

Se dice que la vida familiar fue siempre tortuosa; que los abusos del padre eran cosa conocida y que ambas mujeres sufrían por igual, aunque en diferente forma. Entre los rumores corría también el de que el hombre, además de tener multiples turbios negocios, era de un apetito sexual agresivo. Cuentan que acostumbraba llevar amantes a su recamara y que cuando no expulsaba a su esposa de la habitación, la hacía observar.

No creo que sea difícil imaginar entonces las circunstancias de su muerte y, luego de estas revelaciones y de la naturaleza de este blog, adivinar por donde va el asunto.

Por lo tanto, no voy a contar la historia, sino que reproduciré aquí fragmentos de los mensajes entre la mujer y su hija, quien no se molestó en ir al funeral de su padre pero si en contactar con su madre, a quien pidió algo muy particular… pero me estoy adelantando.

Aquí los fragmentos. No pondré los nombres por obvias razones.
Y en cuanto a como obtuve las cartas… Esa es otra historia.


Fue bueno escuchar tu voz ayer. Creo que no había llorado de gusto en mucho tiempo. Gracias hija, las ganas de volver a verte son grandes. Te amo. Lo siento.

Tengo que decirte tantas cosas. No quise mencionar nada ayer porque aun tengo miedo pero se que tengo que hacerlo, aunque me taches de loca cuando lo escuches. No sé si adelantarte algo.

Supongo que no hará mas daño que el que ya ha hecho. Los investigadores no quieren siquiera escuchar esa posibilidad y supongo también que eventualmente la culpa recaerá sobre mi.

No me importa. Estoy por fin en paz, aunque todavía me duele haber estado tanto tiempo quieta. Tanto, tanto tiempo… yo sé que no vas a perdonarme nunca. Lo acepto.

Si, será mejor que te lo diga de una vez. Si llego a verte de nuevo no creo tener la fortaleza o la cordura suficiente para decirtelo de frente. Verás, no descarto la posibilidad de estar realemente loca; no descarto la posibilidad de haber asesinado a tu padre y recordarlo como si hubiera sido justicia divina. Si sigo pensandolo, quizá con el tiempo llegue a la conclusión de que no hubo angel alguno salido del desierto para vengarnos y quizá, por única vez en mi vida, hice lo que tenía que hacer.

Pero creo tener pruebas de que no fui yo. Le dí algunas de ellas a los investigadores pero me he quedado con unas. Dos, para ser precisa.

Deja que te lo cuente.

La prostituta ya estaba fuera de nuestra casa antes de que llegara él. La había visto por la ventana, estaba esperando en la acera de enfrente y pretendiendo que hacía otra cosa. Me reí, te lo juro, ya se que es patético pero ya hasta gracia me causaban las pobres. Me serví una copa de vino y regresé a la ventana para observarla. Había adquirido el hábito de inventarles historias mientras las veía con él; había llegado a compadecerlas y ver mas allá de su profesión. De algunas hasta me sentí culpable.

Esta última. Esta última mujer no tenía nada particular, excepto por sus zapatos, que eran amarillos y estaban cubiertos de brillo. En la oscuridad de la noche lo primero que resaltaba desde la acera de enfrente eran esos zapatos amarillos. Su vestido era rojo, para continuar la tradición, pero no era tan llamativo como sus zapatos. Yo supuse que serían cómodos, no creo que alguien, ni siquiera ella, los consideraría bonitos o, válgame dios, sexy.

Iba en mi segunda copa de vino y ya empezaba a pensar que la pobre mujer se estaba congelando afuera y que mi deber era invitarla a pasar y ofrecerle algo calientito antes de que llegara él y nos dedicaramos a sufrir. Antes de asomarme a la ventana escuché el encendido de su automovil y pensé que se habría cansado de esperar. Suspiré. Aunque ya no se si de alivio o de tristeza. Mas su auto no encendió. Luego hubo silencio. No veía nada dentro del auto aunque supuse que ahí estaría ella, resignada a esperar otro rato.

Entonces la escuche gritar. Y gritar. Y gritar.

Yo estaba congelada. Durante un momento de confusión pensé que ellos habían decidido hacerlo en el coche y que yo, tonta, no había bajado a observarlos como a él le gustaba. Me puse de pié y bajé a la puerta de entrada, pero cuando llegué al umbral los gritos habían terminado. No sabía que hacer. Me quedé ahí parada frente a la puerta un rato, copa de vino en la mano y nada en la cabeza.

Luego, a través del vitral en la puerta, vi la figura difusa acercarse, pararse frente al umbral y tocar el timbre. Yo no abrí, seguía en la nada, y ella esperó. Luego caminé el tramo que me faltaba y abrí la puerta.

Le sonreí. No traía sus zapatos amarillos.

Entró en la casa y se fué directo a la recámara. Yo no la seguí. Me quedé ahí, como una estatua. Cuando pasó junto a mi me dió un olor… no era perfume, era… no se que era pero no era perfume. Subió a la recámara y dejó en su camino ese olor.

Cuando él llegó, yo me escondí en la cocina. Lo escuché abrir la puerta y llamarme, pero no quise salir, no me preguntes por qué. A él, claro, no le importó. Escuché sus pasos en la escalera, lentos, como si estuviera siguiendo el olor y eso le impidiera caminar con seguridad. Salí de mi escondite y me asomé por la escalera. La puerta de la recámara estaba entreabierta.

No subí hasta que los jadeos se volvieron extraños. Creo que estaba muy exitado y eso que rara vez se ponía así conmigo fuera de la habitación. Cuando me dí cuenta ya estaba frente a la puerta, pero no me atrevía a asomarme. ¿Entiendes hija que yo sabía que esto no era normal? ¿Que lejos de lo aberrante que esto sería para cualquiera, yo estaba acostumbrada al hecho, pero que en esta ocasión algo me apretaba el pecho? No se como explicarlo. Quizá era el silencio de ella. En todo ese tiempo lo escuchaba solo a él, de ella no salía nada. ¡Nada!

Luego di un paso, quería verla, y algo crujió bajo mis zapatos. Levanté el pié pensando que… no se qué, pero no esperaba ver las huellas de sus pies desnudos en el piso. Una capa ligera de arena marcaba perfectamente la forma de sus pequeños piés, no mas grandes que los míos. Miré hacia atras y vi que las huellas bajaban por la escalera y que provenían desde la puerta.

Entonces, escuché algo que me hizo regresar mi atención a la recámara. Mejor dicho, dejé de escuchar sus jadeos. Quise asomarme pero al mismo tiempo algo en mi, algo oscuro y maravilloso, me impedía interrumpir su labor. Escuché como forcejeaba, como intentaba quitarsela de encima y jalaba las sabanas en un desesperado intento por pedir auxilio.

Entonces me hice de valor y me asome por el espacio entre la puerta y el marco y los vi besandose. Era el beso mas hermoso que le había visto dar. Ella estaba encima. Sostenía sus brazos y sus piernas sin esfuerzo, a pesar de verse tan frágil. El dejó de moverse. Ella separó sus labios de los de él.

Arena.

No sé cuanto tiempo pasó. Recuperé la movivlidad hasta que la ví bajar de la cama y, desnuda, salir de la recámara, pasar junto a mi, bajar por la escalera y salir de la casa.

Los investigadores se llevaron su auto, su ropa abandonada y huellas digitales tomadas de la ropa de él. Les llamé casi de inmediato, no creas que me puse a llorarle o que me puse a meditar aletargada sobre lo sucedido. En cuanto ella se fué, recuperé la fuerza, la razón y, por extraño que te parezca, la fe.

Te parecerá un episodio de la rosa de guadalupe o algo así, pero tu bien sabes que hace mucho tiempo que dejé de creer en santos.

Y ahora somos libres. Mañana es el funeral y pasado mañana podría estar en la carcel. No lo sé.

Solo una cosa me falta por decirte, y es que me quedé con algo en lugar de dárselo a la policía. Esa noche, mientras los investigadores entraban y salían de la casa con cubetas de arena, objetos en bolsas y al final su cuerpo, yo permanecí sentada en el jardín frontal. Los veía ir y venir y comencé a inventarles historias. Uno de ellos, imaginé, era un hijo triste, obligado por la tradición y la necesidad, a trabajar en el oficio de su padre, pero no había felicidad ni honor en ello. El pobre tenía una expresión de asco, fastidio y terror que recuerdo fielmente en otro rostro. En otro bello rostro. El tuyo hija.

En fin. Lo vi agacharse para sacar algo de uno de los rosales.
“¡Son mios!” le grité. El pobre se asustó, pero luego de extender mi mano, me entregó los zapatos amarillos y me vió con una cara incrédula, como si pensara que una mujer como yo no podía tener tan malos gustos. No me importó. Me quedé con esos zapatos en mi regazo y ahora los tengo junto a mi, mientras escribo.

Son el par de zapatos mas hermosos que tengo.

Te amo. Lo siento. Adios.

La respuesta y petición de la hija fue:

Quiero esos zapatos.

Tolvanera

Le llaman Tolvanera.

Escuché su historia en una fiesta, entre botes y risas. Ya habíamos llegado a ese punto en que la cosa necesita algo de emoción o de intimidad y se empieza a recurrir a los fantasmas. Omar nos preguntó y la mayoría desconocíamos la historia, así que nos contó las generalidades del asunto:

  • Es el fantasma de una mujer que se aparece con una tolvanera.
  • Está desnuda y ensangrentada.
  • Unos dicen que flota dentro del remolino, otros que aparece sólida y luego se desintegra en una rafaga de aire.
  • Que hay un sonido extraño, mezcla de grito y viento, que se produce en el cono de tierra y aire, y que puede escucharse a poca distancia.
  • Unos dicen que no tiene rostro, pero que tiene rasgos.

En fin… generalidades. En realidad, Omar nos lo preguntó porque quería saber si alguien se sabía bien la historia, pero como dije, nadie la conocía.

La historia me causo una gran impresión e investigué un poco pero los resultados fueron nulos. ¿Han intentado alguna vez googlear “fantasmas”? Millones de resultados. “fantasma + tolvanera” casi nada relevante. Di la historia por apócrifa y la olvidé.

Hace unas semanas, por mero accidente, escuché una historia en un cafenio, en una mesa contigua a la nuestra. La Vero y yo estábamos hablando y ya ni me acuerdo de qué, pero me quedé en silencio cuando escuché la palabra; lo que voy a poner aquí no son mis palabras, le pedí al bato que lo vivió que me lo escribiera así como  lo platicó y al principio como que le dio hueva o pena, no sé, pero lo convencí. Esta es la historia:

(La puntuación es mía, pero respeté algunos de sus flujos de palabras)

“Íbamos por la carretera rumbo a Ciudad Juarez cuando mi amigo vió que el carro se estaba calentando mucho y decidió pararse en un descanso para echarle agua al radiador. Nos esperamos un rato y nos echamos un cigarro y una soda porque queríamos que descansara un poco el carro. Entonces vimos un remolino y pues no le pusimos mucha atención. Desapareció y luego apareció otro en el mismo lugar, como a un kilómetro mas o menos. Ya era tarde, el cielo estaba rojizo. Entonces nos llamó la atención que el remolino no se disolvía y que no se movía mucho. Se nos hizo raro. Estábamos como en plano así que luego vimos la figura en la base del remolino. Mi compa dijo que era una mujer y primero pensamos que era alguna loca o algo así. Entonces el remolino se empezó a acercar y vimos mas claro que si había un mujer ahí y que estaba desnuda y nos miramos y nos reimos pero yo creo que fue de nervios porque se veía bien raro. Le volaba el cabello para todos lados y lo tenía bien largo. Se miraba muy raro y empezamos a pensar que era un fantasma o un alien o algo así pero no nos metíamos al carro, yo creo que porque no lo podíamos creer. Pero ya que estaba mas cerca y veíamos mas clarita a la mujer ya nos dio miedo y nos subimos al carro, porque le veíamos manchas rojas en los brazos y en el pecho y no le veíamos la cara, o sea, bien de película de terror japonesa. Nos fuimos pero seguíamos volteando hacia atrás y el remolino como que nos siguió un rato. Casi no hablamos en todo el camino. Lo peor fue antes de llegar a la cuidad porque vimos otros dos remolinos y pues ya pensábamos que íbamos a ver mujeres con el cabello volando y muertas porque luego me dijo mi compa y yo también lo pensé, que era el fantasma de una muerta de Juárez, y cuando vimos los otros remolinos pues ni como sacarles la vuelta, estaban casi sobre la carretera, así que les pasamos bien cerquita. Casi nos estrellamos. Mi amigo se escamó bien fuerte porque la vimos otra vez, igual, era la misma mujer, la misma muerta, y le aceleró y casi nos salimos de la carretera pero es que si estuvo bien feo porque no tenía cara. si tenía cabeza pero no tenía ojos ni boca ni nariz, era como una mascara. Y así llegamos a la ciudad, viendo para atrás y ni dormir pudimos porque estábamos bien asustados. Y pues esa vez no le dijimos a nadie pero ya lo empezamos a platicar porque salió eso del avión de Juárez y pensamos que a lo mejor es parte del mismo rollo. Que se están apareciendo las muertas. Y ya. Eso fue.”

Otro misterio. ¿Que es eso del avión de Juárez? ¿Alguien sabe?

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